¿Cómo es trabajar en medio de la vida y la muerte?

 

La vida en una UCI covid depende de un respirador del que emana un pito que no deja de sonar. Si se acelera, hay alarma y se debe correr; si es estable, la rutina de revisar con frecuencia a un paciente se mantiene.

Ese “pi”, “pi”, “pi” que sale del respirador, agobia y recuerda el lugar en el que se está. “Uno aprende a convivir con el sonido, así se acelere cuando se complica un paciente”, explica el médico general Sergio Franco, quien sirve de apoyo en la UCI del hospital San Vicente Fundación de Rionegro.

Como antídoto grupal, en una mesa de la cafetería mantienen colores y un libro de mandalas que les sirve para controlar el alma cuando se les quiebra debido a que el virus se lleva la vida de uno de sus pacientes.

No es lo único y así lo relata Franco, quien recuerda las guías de la facultad. Los mensajes iban dirigidos a la cercanía con la persona, pero eso, en este momento, no se puede implementar. Y lo demuestra antes de entrar a revisar a una colega suya médica, quien se infectó y ahora es paciente de esta UCI covid. En cinco minutos, y con un cuidado meticuloso, se pone una bata larga blanca, dos pares de guantes, gafas y su máscara; luego, una especie de pasamontañas de tela blanca que le cubre la totalidad de su cabeza y solo deja una apertura en sus ojos. Adicional, debe portar una careta para ingresar, aunque su corazón no deja de acelerarse.

Desde esa cápsula de protección en la que debió meterse, se escucha: “Todo esto debemos hacerlo antes de entrar”. La imagen a continuación es la del médico dentro de una “burbuja”, revisando los signos vitales; se asoma por la puerta y le dice a Echavarría: “Sigue estable”.

El impacto de la muerte

Aunque la vida ha salido victoriosa, inevitablemente la muerte ha dejado huella. Todos en la UCI coinciden en que lo peor, o lo más duro, es la soledad en la que están los pacientes.

Es muy duro, porque las visitas o el contacto se hace a través de llamadas o videollamadas, pero no es lo mismo Intensivista Fernando Peña

Pero no es lo único que impacta, según Peña, al mencionar que ha visto a muchos jóvenes llegando a la UCI infectados, incluso sin ningún tipo de enfermedad previa, y por más que luchan la pandemia se los lleva. “Eso nos duele”, agrega el intensivista, al recordar lo duro que ha sido comunicar el deceso a un familiar mediante una llamada, sabiendo que al otro lado de la línea están quienes no pudieron acompañar a esa persona en la fase final de la vida.

Esa llamada viene acompañada de un trabajo sicológico para las familias y los médicos. Cuando del otro lado hay respuesta, el corazón se arruga, las manos pueden temblar y la voz se quiebra. “¿Aló, doctor, se está yendo, cierto?”, es la pregunta que con frecuencia hacen cuando el médico explica las complicaciones. El impacto es tanto que Francisco Molina, jefe de la UCI covid de la Clínica Bolivariana, así lo resume:

Me sé los nombres de los 27 pacientes que se me han muerto en los últimos seis mesesMedico Francisco Molina

La enfermera Carreño también menciona que hay una especie de frustración que llega con la muerte, porque sigue siendo “difícil trabajar día a día y ver que fallecen tantas personas pese a los esfuerzos”. Y Echavarría remata: “Todos los días convivimos con el virus y tenemos miedo de contagiarnos”. Ella confiesa, a modo de enseñanza, que lleva ocho meses sin recibir el abrazo de sus padres y de su esposo, para evitar que la infección los soprenda. Dolor y esperanza, todo se conjuga detro de una UCI covid.